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El derroche económico que mueve un mundial

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El derroche económico que mueve un mundial

Fecha de Publicación
9 julio, 2026

Cuando la pasión por el fútbol se convierte en la mejor coartada del gasto público

Cada cuatro años el planeta detiene su rutina para presenciar el mismo ritual: banderas ondeando, estadios repletos y una economía global que, por un mes, gira alrededor de un balón. Pero detrás del espectáculo hay una maquinaria financiera descomunal, muchas veces opaca, que rara vez se discute con la misma pasión que un gol en el último minuto.

Todo país que organiza una Copa del Mundo repite el mismo discurso: generará empleo, dinamizará el turismo y dejará un “legado”. Es un argumento seductor, pero la evidencia acumulada durante dos décadas cuenta una historia más matizada. Los costos casi siempre se disparan por encima de lo presupuestado, mientras que los beneficios prometidos tienden a ser efímeros o directamente no se materializan.

Una escalada de cifras que no conoce límites

Basta repasar el costo de cada edición reciente para entender la magnitud del fenómeno. Japón y Corea del Sur invirtieron cerca de 7,000 millones de dólares en 2002; Sudáfrica destinó aproximadamente 7,200 millones en 2010. A partir de ahí, la curva se dispara: Brasil 2014 rondó entre 15,000 y casi 20,000 millones; Rusia 2018 alcanzó cerca de 16,000 millones. Y luego llegó Catar 2022, un caso sin precedentes que superó los 200,000 millones de dólares, la mayor parte destinada a levantar desde cero estadios, carreteras y un sistema de metro en pleno desierto.

El Mundial 2026, organizado por México, Estados Unidos y Canadá, marca una ruptura parcial: en lugar de construir estadios nuevos, se apostó por remodelar recintos ya existentes, mucha propiedad de franquicias de la NFL. Aun así, las cifras siguen siendo elevadas. El presupuesto operativo de la FIFA ronda los 3,750 millones de dólares, pero al sumar la inversión federal, estatal y privada en seguridad, transporte y renovaciones, distintas estimaciones ubican el gasto total muy por encima de los 12,000 millones. Solo el SoFi Stadium de Los Ángeles costó 5,500 millones de dólares, cifra que por sí sola supera el gasto de varios mundiales completos anteriores. En México, la remodelación del Estadio Azteca implicó entre 87 y 210 millones de dólares tras casi dos años de obras.

El fantasma que persigue a cada sede: los elefantes blancos

Si hay una imagen que resume el lado oscuro de estos megaeventos es la del “elefante blanco”: una infraestructura construida con enormes recursos públicos que, terminada la fiesta, se vuelve una carga imposible de sostener. Sudáfrica 2010 dejó ejemplos dolorosos: el Soccer City de Johannesburgo requiere al menos ocho grandes eventos por temporada solo para cubrir un mantenimiento anual cercano a los dos millones de dólares, en un país donde millones de personas seguían careciendo de servicios básicos.

Brasil 2014 multiplicó el problema. De los doce estadios construidos o remodelados, varios se ubicaron en ciudades sin equipos capaces de llenar las gradas. El caso más citado es el Estadio Mané Garrincha de Brasilia, el más caro de todos con un costo cercano a los 600 millones de dólares —más del doble de lo presupuestado—, que terminó funcionando, en parte, como estacionamiento de autobuses. Rusia 2018 no fue la excepción: de los doce estadios levantados con una inversión cercana a los 10,800 millones de dólares, varios enfrentan hoy escasa asistencia frente a costos de mantenimiento que ningún ingreso local logra cubrir.

¿Quién gana realmente cuando el mundo gana un Mundial?

Aquí aparece la pregunta incómoda que rara vez se hace en voz alta durante la euforia colectiva: si los costos los asume mayoritariamente el erario público, ¿quién se queda con las ganancias? La respuesta apunta, en gran medida, hacia la FIFA, que concentra los ingresos más lucrativos —derechos de transmisión, patrocinios y venta centralizada de entradas— mientras traslada a los países anfitriones el peso de la inversión en infraestructura y logística. Para 2026 se proyectan ingresos cercanos a los 11,000 millones de dólares para el organismo, un salto notable gracias al formato ampliado de 48 selecciones.

El costo de oportunidad es la otra cara del problema: cada dólar destinado a un palco VIP o a un videomarcador de última generación es un dólar que deja de invertirse en hospitales, escuelas o vivienda. Es la misma tensión que atravesaron Sudáfrica y Brasil, donde la contradicción entre estadios de clase mundial y servicios públicos deficientes se volvió una herida abierta.

¿Un modelo distinto o el mismo espejismo con otro empaque?

A favor del Mundial 2026 puede argumentarse que reutilizar infraestructura existente reduce el riesgo de generar nuevos elefantes blancos, ya que los estadios estadounidenses ya tienen equipos profesionales que los usarán después. Sin embargo, el gasto no desaparece: se traslada hacia la seguridad, el transporte y, sobre todo, hacia el bolsillo del aficionado. Los traslados locales en algunas sedes estadounidenses han llegado a costar hasta 225 dólares, mientras que el transporte público en las sedes mexicanas resulta considerablemente más accesible.

El Mundial seguirá siendo una de las celebraciones más genuinas que existen. Pero la euforia de un gol no debería impedir la pregunta que toda sociedad anfitriona merece hacerse: ¿el costo se traduce en un beneficio real y duradero, o simplemente en un mes de gloria seguido de años pagando la factura? La historia reciente sugiere que el verdadero marcador de un Mundial no se conoce el día de la final, sino una década después, cuando las gradas ya están vacías y solo queda el concreto para contar la verdad.

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